Bitácora #8 | Colores que creíamos perdidos

Hay encuentros que nos conmueven profundamente. No siempre por quienes son, sino por aquello que despiertan dentro de nosotros.

A veces aparecen sin anuncio previo. Alteran la rutina, iluminan rincones que habían quedado en penumbra y nos recuerdan aspectos de nosotros mismos que creíamos dormidos. No llegan para completar nuestra historia, sino para revelarnos una parte de ella.

Sin advertirlo, podemos convertir ciertos encuentros en recipientes de nuestras expectativas. Depositamos allí deseos, anhelos, preguntas sin responder e incluso fragmentos de nuestra propia historia. No porque el otro nos lo pida, sino porque buscamos sentido en aquello que nos conmueve.

Y entonces imaginamos posibilidades.

Posibilidades de encuentro.
Posibilidades de permanencia.
Posibilidades de futuros que sólo existen en el territorio fértil de la imaginación.

Pero la vida tiene su propia forma de ordenar las cosas.

Con el tiempo comprendemos que algunas personas no llegan para quedarse ni para irse. Llegan para revelarnos algo de nosotros mismos. Funcionan como espejos inesperados que nos permiten ver aspectos olvidados, necesidades desatendidas o sensibilidades que creíamos perdidas.

Quizás por eso ciertas despedidas resultan tan difíciles.

No siempre porque perdamos a alguien, sino porque sentimos que perdemos aquello que despertó en nosotros.

Sin embargo, cuando observamos con mayor profundidad, descubrimos algo diferente.

Aquello que un encuentro revela no pertenece a quien lo inspiró.

Nos pertenece.

La capacidad de asombro nos pertenece.
La ternura recuperada nos pertenece.
La sensibilidad que volvió a emerger nos pertenece.
La posibilidad de sentir, una vez más, nos pertenece.

Tal vez la tarea no sea aferrarnos a quienes despertaron esos colores, sino reconocer que los colores siempre estuvieron dentro nuestro, esperando las condiciones adecuadas para volver a aparecer.

Entonces la despedida deja de ser únicamente una pérdida.

También se convierte en una integración.

Porque el encuentro termina, pero aquello que nos enseñó permanece.

Quizás habitar la vida consista, en parte, en agradecer sin retener. En reconocer el valor de ciertos cruces sin exigirles permanencia. En permitir que algunas historias sean exactamente lo que fueron, sin forzarlas a convertirse en algo diferente.

Hay personas que llegan para acompañar largos tramos del camino.

Y hay otras que aparecen apenas un instante.

Pero ambas pueden dejar una huella.

A veces, la más valiosa de todas: recordarnos que seguimos vivos.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio