Llegar hasta acá ha sido un viaje atravesado por todo: el amor, el apoyo incondicional, el dolor y también las ausencias. Si miro hacia atrás, veo a alguien que logró sobrevivir a esos eventos prematuros; pequeños impactos inscriptos como traumas que, con el tiempo, se fueron uniendo y creciendo como una bola de nieve.
Hice lo que pude, con las herramientas que tenía en ese momento. Y decirlo no es una forma de justificarme, sino un acto de aceptación profunda: reconozco mis errores, admito que muchas de mis decisiones estuvieron lejos de ser las mejores, y entiendo que parte de esta integración es, también, aprender a perdonarme por ellas.
Durante mucho tiempo, la única respuesta posible frente a ese peso fue la desconexión. No saber habitarme me llevó a una inhibición profunda —cognitiva y emocional— hasta el punto de la disociación. No fue una elección consciente, ni un acto de debilidad; fue pura supervivencia. Cuando el dolor supera nuestra capacidad de procesamiento, la mente y el cuerpo se anestesian simplemente para poder seguir caminando.
Pero estar anestesiada tiene un costo silencioso que va más allá de nuestra propia piel. Cuando transitamos la vida en piloto automático, sin sentir los propios golpes, perdemos la capacidad de registrar la fuerza con la que impactamos a quien tenemos enfrente.
Y aquí es donde la integración exige su cuota de verdad más cruda: así como recibí daño, en mi propia ceguera emocional y en esa lucha ciega por sobrevivir, repliqué esos mismos patrones. Tengo la misma responsabilidad de haber causado en otros el mismo impacto que causaron en mí.
Escribir esto es desarmar la narrativa en la que la historia simplemente “me pasó”, para dejar de mirarla únicamente desde la herida que recibí. Estar desconectada del propio dolor no nos exime de las marcas que dejamos en los demás; las personas heridas, cuando no saben cómo habitarse, inevitablemente hieren. Asumir esto no es un acto de castigo, es de una responsabilidad radical. Duele despertar de la anestesia por partida doble: duele sentir las heridas propias y duele, profundamente, reconocer el eco del dolor que le generamos a un otro.
Sin embargo, hacernos cargo es la llave que rompe la cadena.
Hoy, habitando conscientemente este presente, puedo mirar a todas mis eras pasadas con compasión, abrazando a la que resistió y a la que se equivocó. Ahora que sé que merezco, que quiero y que puedo brillar, elijo construir y compartir desde esta honestidad absoluta. La verdadera sanación, la que nos permite hacer pie en esta tercera orilla, comienza cuando abrazamos nuestra luz, haciéndonos dueñas absolutas de nuestras sombras.